Solo eso, lo que últimamente estoy diciendo siempre: Si buscas una ship de KnB, ves a la pestañita y dale a la crucecita porque aquí no hay de eso, bah, al menos este en cuestión no lo es. Estamos hablando de un nuevo AoZzu, y llevo semanas con él xD.
En fin....
Título: Lluvia
Anime: Kuroko no Basket (kurobasu en etiquetas)
It's hetero bbys.
So, la ship ya la pone arriba, but: AoZzu.
Palabras: 4215.
Disclaimer: Lo mismo que siempre, el negro, Aomine Daiki, le pertenece a Tadatoshi Fujimaki y doy gracias por ello; Mizzu es de su madre but también es mía y Hann... bueno, Hann es Hann y es special(?).
Comentario: Sé que ya que en el rol han ocurrido ciertas cosas eso del beso en el fic ya no tendrá tanto impacto... pero solamente digo que nos vas a amar a Yuki y a mí, Vickicita bonita(?).
Sobre
las gradas del estadio todo era muy duro, sobre todo para los que no eran
simples aficionados en el baloncesto. Y, desde luego, las personas que conocían
a las estrellas de ambos equipo eran las que peor lo pasaban. Y Mizzu vivía eso
de primera mano. Kaijou, el equipo de baloncesto de la escuela en la que ella
había ingresado únicamente por Kise, contra Too, la escuela a la que Daiki
asistía, era, sin duda alguna, un partido interesante. Interesante y doloroso.
El modelo era una de las pocas personas que lograban que Aomine se pusiera a
jugar en serio, y a la vez, Aomine era alguien a quien Kise admiraba mucho,
alguien a quien, sobre todo, deseaba superar. Sobre los sentimientos de Mizzu…
bueno, ella entendía, aceptaba y admitía, sus sentimientos hacia el hombre
–chico, idiota, le “odiaba con amor”, según ella misma decía– que llevaba el
número cinco de Too, el que dominaba el baloncesto de una forma que, quizás,
hacía unos pocos años lograba enamorarte.
Pero, aunque tuviera claro esos sentimientos, no podía olvidar los de
Kise, el encanto que este sentía al ver el juego de Aomine, las razones que
tenía para querer superar al genio. Mizzu era consciente de todo. Sabía que
Kise era bueno, muy bueno, y Aomine también era consciente de eso. Pero aun
así, le haría falta un milagro –siendo él uno, y siento Aomine otro– para
ganarle. Para ganar al talento natural que Aomine era.
Ajeno
a Mizzu, el partido seguía con normalidad. Las fans de Kise, esas malditas
chicas que solo le daban importancia a lo perfecto que podía verse en la
cancha, o a lo guapo que era, consiguieron callarse al fin. Para alivio de
Mizzu y sus oídos, quizás entendieron la situación que revoloteaba por todo el
estadio. Aomine y Kise brillaban en la
cancha, al parecer les querían enfrentar desde un principio y Mizzu no entendió
la razón hasta bastante tiempo después. En su espalda un escalofrío avisaba de
que algo, en ese momento desconocido si fuera a ser algo bueno o malo, iba a
pasar. Por otra parte, las exclamaciones de los espectadores hacían que le
pitaran los oídos. La gente gritaba, se levantaba, aplaudían, animaban y
apretaban sus propias manos, pidiéndole a algún ser superior que ganase el
equipo el cual ellos mismos apoyaban. Quizás no era una batalla campal
propiamente dicho, pero que dos estrellas como lo eran ellos chocaran y
resplandecieran, hacía daño a la vista.
Mizzu
pasó desde que descubrió las intenciones de Kaijou hasta el final del partido
con el corazón en un puño. Mentiría si dijera que nunca se le hubiese ocurrido
que Kise intentara imitar a Aomine, sabía que el rubio era capaz de cualquier
cosa para superarle. Pero, de todos modos, en su cabeza la idea de que dejase
de admirar a Aomine sonó con tanto impacto que no sabía siquiera cómo
reaccionar. No lo escuchó, por supuesto, como tampoco veía las expresiones que
esos dos ponían, pero eso no significaba nada. Ya que los conocía, sabía lo qué
harían. Y el rostro de Kise se recreaba en su cabeza cuando lucía como el de
Aomine, y después, cuando el cuerpo del modelo se desvanecía en el suelo,
sintió unas ganas enormes de saltar de ahí e ir a la cancha, pero era
imposible. El rosto envuelto en llanto de Kise, hacía que se sintiera mal. No
culpable, simplemente, mal. Miró de nuevo los resultados, y el partido se
recreó en su cabeza con casi exacta perfección, suspiró, sentándose de nuevo en
los asientos del público, mirando cómo Kasamatsu ayudaba a Kise a levantarse,
como cargaba con su peso y como Aomine salía de la cancha. Obviamente, no
escuchó lo que dijo, pero aun así la frase le dejó helada, grabadas eternamente
en su memoria y haciendo eco en su cabeza.
«No
hay nada que el ganador pueda decirle al perdedor»
Se
estremeció ligeramente, tirando su cabeza hacia atrás y soltando un largo
suspiro. Esperó unos segundos, pero decidió levantarse e irse de ahí, estaba
empezando a encontrarse mal y eso no era nada bueno. Se encontró a Seirin, por
algún lugar del público, pero aprovechó que parecieron no percatarse de su
presencia para pasar de largo, ni molestándose a saludarles. Siendo sincera, en
estos momentos no quería ni siquiera ver a Kuroko, ni a Kagami, ni a nadie.
Solamente necesitaba una persona, y esa persona, desgraciadamente, no iba a
estar con ella.
Sonrió
ligeramente cuando el aire le dio en la cara, moviendo sus cabellos al viento.
Alzó la vista al cielo, cerrando ligeramente los ojos, intentando controlar sus
emociones: se alegraba de la victoria de Too, o eso quería creer al menos, pero
a la vez le dolía mucho la derrota de Kaijou, su equipo, sus compañeros, ellos
ahora estarían destrozados, Kise quizás estaba intentando no llorar de nuevo, y
Kasamatsu… Kasamatsu estaría para el traste. Era consciente de las razones que
el capitán tenía para querer ganar, entendía el ímpetu que puso en el juego. Lo
entendía, y lo admiraba. Retrocedió un poco, apoyándose ligeramente en una
puerta que no era la principal, así que no había, aparentemente, problema en
recostar un poco el cuerpo. Suspiró, pero de repente sintió como abrían esa
puerta, obligándola a tirarse hacia delante. Miró a la persona que abrió la
entrada a través de su hombro, ladeando ligeramente el rostro. Sus ojos se
abrieron ligeramente.
—D-Daiki…
—Murmuró inconscientemente, poco después de sentir una violenta sacudida en el
pecho.
—Ah…
Mizzu —La miró de arriba abajo, saludándola con la mano sin mucho sentimiento
—. En fin, adiós —Volvió a caminar, con la intención de pasar de largo a Mizzu,
de volver a dejarla sola. Él únicamente quería llegar a casa, coger alguna
revista o ver una película de esas que le gustaban, simplemente eso. Sintió
como le agarraron de la chaqueta, impidiendo que avanzara. Ladeó ligeramente el
rostro, mirando a Mizzu —¿Qué estás haciend….
—Sonríe…
has ganado, Daiki. Sonríe—Murmuró, separando a penas los labios mientras se
aferraba con fuerza a la manga de un uniforme que ya no era el de Teikou, de un
uniforme que ya no les ataba. Tanto deseaba ver la sonrisa de Aomine, que algo
dentro de ella decía que estaba bien que hubieran destrozado a Kaijou, que
hubieran destrozado a Kise. Negó con la cabeza, enfadada y confundida con sus
propios pensamientos.
Sintió
algo parecido a una patada en la boca por parte de Aomine. Bueno, no, para
Mizzu una patada en la boca quizás hubiera sido incluso mejor. «Suéltame».
Aomine le había dicho que le soltara, pero la dureza con la que empleó la orden
era una dureza con la que nunca había llegado a tratar a Mizzu. Se zafó de su
agarre, tirando de su brazo, ayudándose de la fuerza que le había otorgado su
condición de hombre.
—Suéltame—Repitió,
endureciendo mucho más el tono de voz y con furia en el mirar. Ardían sus ojos
de enfado, quería pensar Mizzu, de únicamente enfado.
Mizzu
se limitó a negar con la cabeza, volviendo a agarrarle del brazo como si fuera
una muñeca, y ella una simple niña pequeña que tuviera miedo a quedarse sola,
añadió toda la fuerza que tenía, ignorando la mirada amenazadora de Aomine. El
genio se limitaba a fruncir el ceño peligrosamente, si seguía así, nada de esto
iba a acabar bien. Sus ojos afilados apuñalaban a Mizzu en pleno estómago, le
hacía daño, y lo sabía, pero no hacía nada para remediarlo. Aomine entreabrió
los labios para decir algo, pero inmediatamente se puso a llover.
Al
sentir la lluvia, Mizzu alzó la cabeza al cielo, mirando la lluvia o
simplemente para mojarse la cara y calmarse un poco. Aclarar sus ideas, sí, eso
era lo único que necesitaba y que al parecer nunca iba a ocurrir. Pero en ese
poco tiempo, Mizzu volvió a la normalidad y se dio cuenta de la estupidez que
había hecho.
—Daiki…
lo sien…—Algo le obliga a callarse: una calidez –extraña, anormal, teniendo en
cuenta el frío que estaba empezando a hacer–. Una calidez que había echado
tanto de menos, sobre su cabeza. Miró a Aomine, queriendo aferrarse a era
inusual calidez que el otro demostraba solo muy de vez en cuando, que no
quemaba, pero que tampoco la abrazaba con ternura, pero que al menos decía
«Estoy aquí». Una calidez que simplemente le hacía sentir protegida.
Mizzu
apartó con cuidado la calidez de Aomine sobre su cabeza, tomándola entre
sus dos manos fuertemente. Aomine arqueó una ceja, intentando zafarse del
agarre, pero acabó dejándose hacer, resoplando con molestia.
—Quita—Murmuró,
al fin. Miró de nuevo a Mizzu de arriba abajo, y suspiró al ver que ya tenía
una chaqueta puesta. Estaba dispuesto a dejarle la suya, pero la verdad es que
él también estaba empezando a sentir el frío en su piel—. Andando. Compramos un
paraguas y te acompaño hasta casa—Añadió, empezando a caminar después de darle
un pequeño golpe en la cabeza a Mizzu, como si no hubiera pasado nada.
Ella
asintió con la cabeza, empezando a caminar con una pequeña y muy débil sonrisa
en los labios. Empezó a restarle importancia a los cambios repentinos de
Aomine, porque no era la primera vez que se lo hacía. Acabó, digamos,
acostumbrándose. Le siguió desde muy cerca, embobada mirando su espalda
empapada gracias a las hábiles gotas de lluvia, que también le empaparon a
ella.
—Ha
sido un partido duro—Murmuró, no esperando una rápida respuesta de Aomine. De
hecho, ni siquiera esperaba una respuesta verbal, un simple asentimiento
incluso estaba bien, para así darse cuenta de sus sentimientos al menos.
—Deja
de hablar del partido—Respondió, alzando un poco la cabeza, dándole poca
importancia al hecho de estar mojándose. Chaqueó la lengua, meneando la cabeza
para quitarse el agua de encima, mientras entraba en una tienda, haciendo caso
omiso a si Mizzu le seguía o no. Sabía que lo haría.
La
tienda no era la gran cosa. Era un establecimiento pequeño, pero lleno de
cosas. Dabas directo a las cajas de pago y a los carros de la compra, pero
Aomine no necesitaba nada de eso. Solo necesitaba un maldito paraguas. Miró a
un hombre, al cual al parecer le intimidó su altura y la cara de pocos amigos
que caracterizaba al ex-genio de Teikou.
—El
último pasillo de la derecha—Murmuró, con la voz temblorosa, señalando unas
pequeñas escaleras que daban a un pasillo no muy largo, el cual se dividía en
otros pasillos en ambos lados.
Aomine
asintió con la cabeza, caminando hacia el pasillo mientras Mizzu agradecía al
hombre por él. Después, adelantó el paso para ponerse detrás de Aomine de
nuevo, miró al paraguas que agarró: era negro, nada del otro mundo, simplemente
pedía que fuese lo suficientemente grande como para poder estar los dos debajo
de él, sin necesidad de tener contacto con el hombro del foráneo. No, gracias,
no quería ponerse más nerviosa. Iba a decirle algo, pero Aomine ya estaba
pagando en la caja. Chasqueó la lengua, corriendo hasta ahí.
Con
el paraguas en la mano, Aomine y Mizzu salieron a la calle. Aomine lo desplegó
y cogió a Mizzu del brazo para atraerla hacia él y cubrirla de la lluvia.
Entonces, lo que Mizzu pensó hace unos minutos, se hizo realidad: sentía su
hombro empapado contra el brazo de Aomine, que se encontraba prácticamente en
el mismo estado. Se sonrojó ligeramente, agachando la cabeza y clavando la
mirada al suelo, que en ese momento se volvió demasiado interesante y tentador.
Odiaba, completamente, a Aomine. Por ponerla así, qué sabía ella; quizás era de
esas chicas que odiaban a la persona que le gusta, o que le gustaban personas
que odiaba, que venía a ser lo mismo.
Simplemente, quizás era una tonta de remate y el hecho de que Aomine le
hiciera sentir así, le hacía quererle más. No lo sabía, solamente sabía que le
quería para ella, que quería quererle, y que quería pasar más tiempo con él.
Por eso se alegraba con sus visitas inesperadas, o cuando le enviaba un mensaje
diciéndole que se aburría, o simplemente cuando le mandaba a callar cuando ella
le llamaba en medio de una de sus preciadas siestas en la azotea.
Al
cabo de unos quince minutos, ya estaban en casa de Mizzu. Mizzu había estado
sumida en sus pensamientos, por lo que, si Aomine le había dicho algo, lo había
ignorado por completo. Pero no parecía molesto, así que simplemente quizás él
también estuvo pensando en sus cosas. Aun así, Mizzu se sorprendió al ver lo
rápido que habían llegado.
Aomine
plegó el paraguas y se lo tendió a Mizzu.
—No
lo necesito—Dijo, moviéndolo un poco para que lo cogiera, pero ella no
reaccionó, solo se limitó a fruncir ligeramente el ceño—. Eh, no me importa
mojarme, me gusta. Por eso, no lo necesito. Cógelo, y no seas pesada—Añadió.
Mizzu
únicamente se sonrojó, sin saber muy bien por qué, pero negó rápidamente con la
cabeza, negándose a aceptar el paraguas con la excusa de que él lo necesitaba
más que ella.
—Parece
que ha parado un poco—Murmuró, mirando de nuevo al cielo—. Pero no durará
mucho, mejor empieza a caminar antes de que vuelva a llover con más fue…—Fue
interrumpida por lo que, efectivamente, temía. Oh, vamos, si su nombre tenía
cierto significado era por algo, ¿No? Miró a Aomine, con una sonrisita nerviosa
en los labios—¿Quieres… entrar?
Aomine
se quedó mirando el cielo, en absoluto silencio. Y cuando pasaron unos segundos
volvió a mirar a Mizzu.
—No,
mejor me voy a casa. Supongo que Hann me estará esperando—Respondió, mirando a
Mizzu por el rabillo del ojo, guardando sus manos, en ese momento bastante
frías, en los bolsillos de la chaqueta del uniforme de deporte de Too. Tomó el
brazo de Mizzu y le puso el paraguas en la mano, despidiéndose con un gesto de
muñeca bastante despreocupado, y después dándole la espalda y empezando a
alejarse, no muy rápido, ni muy lento. Simplemente empezó a caminar.
Mizzu
se quedó quieta unos pocos segundos, como pensando. Sencillamente; ya le echaba
de menos. Sin quererlo siquiera, ya se vio a ella misma corriendo detrás de
Aomine, rápido, para alcanzarle, y empapándose entera, gritando su nombre, no
con desesperación, pero sí con necesidad. Le necesitaba. Le agarró del brazo
cuando logró alcanzarle, y automáticamente, cuando notó que Aomine se volteaba
sutilmente hacia ella, agachó la cabeza, avergonzada. Al parecer, no le había
escuchado gritar su nombre y… no sabía si eso era un alivio o no lo era. Se
encogió de hombros.
—Sé
lo que significa tu nombre, ¿Pero no crees que salir de casa expresamente para
mojarte es demasiado? —Preguntó, arqueando una ceja—. Algún día acabarás
poniéndote mala.
Mizzu
sonrió.
—No
creas.
—Ya
veremos—Murmuró, divertido, mientras volvía a darle la espalda y caminaba hasta
algún lugar. Ahora que había llegado Mizzu, bueno, ahora que había vuelto a
aparecer, por alguna razón ya no le importaba tardar en llegar a casa.
Algún
ser superior será capaz de decirnos cómo Aomine y Mizzu acabaron llegando a un
parque, porque esos dos no eran capaces. Seguía lloviendo, así que no les
sorprendía que estuvieran solos ahí, además, que no tenía muy buen aspecto:
todo estaba lleno de charcos, y el calzado de ambos estaba rebosante de barro.
Mizzu extendió los brazos, alzando ligeramente las manos a la altura de su
pecho, y dejando que estas recibieran unas cuantas gotas de lluvia. Suspiró,
mirando a Aomine.
—No
deberíamos habernos desviado, Daiki. Todo esto es culpa tuya—Murmuró,
frunciendo ligeramente el ceño. No estaba enfadada, para nada, y tampoco le
interesaba de sobremanera que lo pareciese.
Aomine
chasqueó la lengua, volteando un poco el cuerpo hasta cierta dirección del
parque en la que no estuviese Mizzu. Movió un poco el cuello, para mirarla de
nuevo. Quería ignorarla, pero por alguna razón que él desconocía, le era
difícil. Quizás era por la lluvia, o quizás era ella misma, que le distraían y,
intentando no perderse, se aferraba a cualquier cosa. Y esa cosa era Mizzu.
—Daiki,
¿Por qué has salido tan pronto del partido? —Preguntó, pero automáticamente se
arrepintió de eso.
—He
dicho que no hables del partido—Repitió, con molestia.
Mizzu
suspiró, encogiéndose de hombros, mientras, para ella misma, murmuraba cosas de
que únicamente quería hablar con él, verle sonreír, simplemente quería lo que
siempre había querido. Quería verle sonreír, sí, pero no esa sonrisa de lado,
burlona, que ahora tenía, esa sonrisa arrogante, por mucho que le gustase, no
era la que ella buscaba, la que vivía en sus recuerdos; ella quería la sonrisa
de Aomine cuando estaba en Teiko y jugaba con Kuroko en los partidos oficiales,
o incluso esa cara de idiota que a veces ponía. No quería volver atrás en el
tiempo, Aomine le gustó antes y le gustaba ahora, y posiblemente le gustara
para un futuro muy largo, simplemente quería no vivir de sus memorias.
Esos
pensamientos produjeron en Mizzu unas ganas más fuertes de querer acercarse a
Aomine, se aproximó un poco, agarrándole de nuevo de la manga de la chaqueta.
Pero esta vez no para que permaneciese así, ahora solamente quería acercarle a
ella, sentir su calidez, aunque no fuera mucha, se conformaba con ir poco a
poco; sus cuerpos seguían sin tocarse, pero Mizzu le sentía extrañamente cerca.
Sentía ese calor.
—¿Qué
estás haciendo? —Preguntó, arqueando una ceja mientras la miraba fijamente.
—Daiki…
quiero que… ¡Quiero que sonrías! —Gritó, agachando la cabeza mientras se
aferraba más y más a él. Y ese era su mayor deseo, presente en tantos lados: ver
como por sus venas volvía a correr la sangre del baloncesto; ver como la
sonrisa del Aomine Daiki que le había robado el corazón, existió, que no era
únicamente fruto de su imaginación.
Aomine
chasqueó la lengua, zafándose del agarre de Mizzu con fuerza, tanta que
incluso, sin querer, la empujó hacia atrás. El insignificante momento en el que
se dio el lujo de cambiar la expresión de su rostro y preocuparse por ella, no
duró más de un segundo. Se alejó de ella, quizás eso era una medida drástica
para no inquietarse por culpa de la chica.
—Deja
el tema ya, pesada. Eres igual que Hann, queriendo que sonría. He destrozado a
Kise y a su equipo entero, no pienso sonreír. Es más, sé que no quieres que
sonría en esta situación, no cuando un amigo tuyo se ha derrumbado. Eres su
compañera; no la mía. Tendrías que estar con él; no perdiendo el tempo aquí,
conmigo, ¿Entiendes? —Suspiró, acariciando su propia nuca. Todo esto le
cansaba. Era insoportable—. Joder, no sé ni siquiera por qué me has seguido.
No: No sé porque he decidido acompañarte a casa. Pero estoy aquí, contigo, debajo
del agua, empapándome de ella—Y
empapándome de ti, hubiera dicho, porque era la simple verdad. Aunque ni él
mismo lo entendía. Chasqueó la lengua, encogiéndose de hombros mientras le da
la espalda a Mizzu—Vete a tu casa de una vez, o con Kise, o yo qué sé, pero no
quiero estar contigo.
Ladeó
ligeramente el rostro hacia Mizzu, con el ceño fruncido, y vio como el rostro
ajeno estaba envuelto en lágrimas, como ella le intentaba mirar fijamente, pero
al final acababa flaqueando y apartaba la mirada. Aomine estaba sorprendido,
sí, pero por fuera se limitó a chasquear la lengua, fastidiado. Aun así, sus
orbes azul oscuro se abrieron ligeramente, desconcertado; así como estaba
acostumbrado a ver llorar a Hann, ver lágrimas bailando por la tez de Mizzu era
algo que prácticamente nunca vio. Aomine hizo ademán de acercarse, pero retiró
su brazo a tiempo. Así que todo quedó como si no hubiera ocurrido nada, como
si, aunque haya sido un segundo, Aomine Daiki no se hubiera preocupado por
ella.
Verla
llorar había producido que todos los sentidos del confiado Daiki se
desvanecieran.
—Mizzu,
¿Qué coño te pasa? —Murmuró, apartando la mirada con apariente molestia. De
todos modos, esto de que casi no le saliera la voz era un serio
problema—Mira…—Carraspeó un poco, por culpa de ese reciente nudo que había
nacido en su garganta al ver la reacción de Mizzu a sus palabras—. No me
importa estar contigo, pero hay momentos que sencillamente no está bien. Es eso.
Deja de llorar de una vez—Dijo, mirándola pro el rabillo del ojo, pero al ver
que eso no hacía que se calmara ni un poquito, optó por acercarse un poco más a
ella, resoplando mientras se acariciaba la nuca.
Miró
en dirección a un ladrido, encontrándose a un pequeño perro que osó
interrumpirle. Chasqueó la lengua, tomando a Mizzu de los hombros, con fuerza y
sin previo aviso, y alejándola del animal dando unos pasos hacia el lado
contrario de donde el can se encontraba, mirándolo con desconfianza y fastidio.
Volvió a mirar a Mizzu, y, relajando considerablemente la expresión enfadada
que adornaba su rostro, restó fuerza al agarre sobre los hombros ajenos. Tomó
aire, pero no le llevó más de dos segundos. Clavó sus ojos en los de Mizzu, de
nuevo, pero esta vez con firmeza y confianza.
—Lo
que estaba diciendo, que dejases de llor…—Ladrido.
Una
venita resaltó en la sien de Aomine, quien cerró los ojos como intentando
mantener la calma. Tomó aire de nuevo. Le hizo un gesto al perro con la cabeza,
para que se fuese de ahí. Volvió a mirar a Mizzu, al escuchar una pequeña risa
proveniente de ella. Suspiró, definitivamente no la entendía. La tomó de los
hombros de nuevo, sin prestar atención a si el perro del demonio seguía ahí o
se había ido.
—En
fin, que no llores, que te pones horrible cuando lo hac…—Y, oh, de nuevo un
ladrido le interrumpió.
Ni
se molestó en mirar al maldito perro, solamente quería que desapareciese, pero
tampoco quería golpearle. Sencillamente, en un arrebato abrazó a Mizzu con
fuerza, demasiada incluso. Quizás fueron sus deseos de que el perro
desapareciera que actuó así, o simplemente la acumulación de estrés que le
causaba no poder hablar y decir lo que quería; en cualquier caso, ahora Mizzu
estaba entre sus brazos. Levantó el mentón de la chica, con brusquedad e
incluso enfado, todo esto llevaría a una cosa que él, por sí solo, no quería
hacer, pero, ¿Por qué ahora se estaba dejando llevar con tanta facilidad,
usando al perro como excusa? En fin… Aomine Daiki, no entendía a la gente, y
estaba empezando a pensar que tampoco lograba entenderse a él. Aomine acercó su
rostro al de Mizzu, sin prestarle atención a como ella reaccionaría, o qué
haría, o diría, o cualquier cosa, ahora, en estos momentos, no estaba para
pensar en nada. Notó como el cuerpo
ajeno dio un pequeño respingo, y como intentaba alejarse de él, echando los
hombros de Aomine hacia atrás. En lo personal, Daiki no se lo tomó como si le
estuvieran rechazando, pero aun así, le molestó.
—D-Daiki…
¿Q-Qué estás hacien…—Mizzu cerró los ojos con fuerza al sentir como Daiki se
acercaba bruscamente a ella, pero como permanecía quieto, a poco milímetros de
sus labios, sin hacer nada. En un momento que no fue consciente de sus actos,
Mizzu se dejó llevar por sus instintos y relajó los párpados, mientras dejaba
de hacer fuerza contra los hombros de Aomine. ¿A quién iba a mentir? Quería que
la besara. Pero, para su desgracia, ese beso nunca llegó. Se quedó unos
segundos esperando como una idiota, hasta que escuchó un grito ronco de Aomine,
sintiendo como la soltaba de golpe.
Aomine
se alejó casi de un salto, dándole la espalda a la chica, mientras gritaba
palabras no precisamente bonitas hacia el perro, Mizzu dirigió su mirada al
can, observándole desconcertada, pero luego volvió a mirar a Aomine,
verificando que, efectivamente, había algo mal ahí donde acababa la espalda del
as de Too, del genio. Se sonrojó en cosa de un segundo, pero esta vez no por
vergüenza que ella sintiera: era mejor dicho vergüenza ajena, vergüenza que
posiblemente Aomine sentiría si estuviera viendo lo que ella. ¿Qué acababa de
pasar?, repetía su cabeza. Es decir, antes de que todo esto ocurriera, antes de
que Aomne empezase a maldecir al perro como si no tuviera algo mejor que hacer.
Recorrió de nuevo el cuerpo de Aomine desde su posición, su espalda, y sus
piernas, para volver a verificar lo que había ocurrido, y soltó una risita,
cubriéndose la boca mientras intentaba apartar la mirada. Los ojos que
anteriormente se abrieron como platos al ver las intenciones de Aomine, estaban
ahora cerrados con fuerza, reprimiéndose las ganas de volver a ver, y reírse
todavía más fuerte. Levantó y extendió ligeramente el brazo, señalando a
Aomine, o mejor dicho: su trasero.
—H-Hey…
Daiki, bonitos calzonci…—Antes de que pudiera acabar la frase, sintió como algo
bastante grande aterrizaba en su cara, cubriéndole la mirada. En un segundo,
sintió como Aomine adelantaba el paso e hizo un ruido extraño al sentarse en un
banco, como un chirrido molesto, y ella se retiró ligeramente la chaqueta del
rostro.
Quién
iba a decirle a ella que Aomine llevara ropa interior de pelotas de baloncesto…
Hola, soy Mizzu(?) -inserte voz de presentacion a lo Goku(?????)-okno
ResponderEliminarAntes que nada.. fgracias a vos y a Yuki por el fic ;; (gracias a ella ese final tan.. tan bonito pls). Aunque digas que es fail y eso, a mi me encanto. Tambien me encanto la forma en la que me "caracterizas", es muy yo(?). Y Aomine... es simplemente idiota.. por eso lo amo pls
Me encantaria hacerte un JaNn para pagarte todas estas sonrisas que me has sacado con los tres AoZzus, deberia de hacerlo ¿no? Ya cuando mi cabecita tengo auna idea super genial , lo hara, i promise.
Igual.. no puedo negar que me han trolleado.. yo eseraba un beso AoZzutistico (?)
Bueno, como sea, gracias. Porqueu realemente me gusto mucho mucho mucho muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuucho ;; Tuve sentimientos desencontrados y eso.. me confunde pla.
Hann...-la viola super hard rimpiendo paredes, mientras Kise/Kame las arregla pla- Te amo mucho pendeja ;; <3333333333 Gracias por este fic , valio la pena la espera ;; -la estruja- -la sigue estrujando--la besuquea- <33333