martes, 5 de noviembre de 2013

Lluvia

De nuevo, no haré una introducción muy larga. Quiero publicarlo rápido, porque no sé cuánto tardará en leerlo y quiero ver su reacción pla.
Solo eso, lo que últimamente estoy diciendo siempre: Si buscas una ship de KnB, ves a la pestañita y dale a la crucecita porque aquí no hay de eso, bah, al menos este en cuestión no lo es. Estamos hablando de un nuevo AoZzu, y llevo semanas con él xD.
En fin....

Título: Lluvia
Anime: Kuroko no Basket (kurobasu en etiquetas)
It's hetero bbys.
So, la ship ya la pone arriba, but: AoZzu.
Palabras: 4215.
Disclaimer: Lo mismo que siempre, el negro, Aomine Daiki, le pertenece a Tadatoshi Fujimaki y doy gracias por ello; Mizzu es de su madre but también es mía y Hann... bueno, Hann es Hann y es special(?).
Comentario: Sé que ya que en el rol han ocurrido ciertas cosas eso del beso en el fic ya no tendrá tanto impacto... pero solamente digo que nos vas a amar a Yuki y a mí, Vickicita bonita(?).




Sobre las gradas del estadio todo era muy duro, sobre todo para los que no eran simples aficionados en el baloncesto. Y, desde luego, las personas que conocían a las estrellas de ambos equipo eran las que peor lo pasaban. Y Mizzu vivía eso de primera mano. Kaijou, el equipo de baloncesto de la escuela en la que ella había ingresado únicamente por Kise, contra Too, la escuela a la que Daiki asistía, era, sin duda alguna, un partido interesante. Interesante y doloroso. El modelo era una de las pocas personas que lograban que Aomine se pusiera a jugar en serio, y a la vez, Aomine era alguien a quien Kise admiraba mucho, alguien a quien, sobre todo, deseaba superar. Sobre los sentimientos de Mizzu… bueno, ella entendía, aceptaba y admitía, sus sentimientos hacia el hombre –chico, idiota, le “odiaba con amor”, según ella misma decía– que llevaba el número cinco de Too, el que dominaba el baloncesto de una forma que, quizás, hacía unos pocos años lograba enamorarte.  Pero, aunque tuviera claro esos sentimientos, no podía olvidar los de Kise, el encanto que este sentía al ver el juego de Aomine, las razones que tenía para querer superar al genio. Mizzu era consciente de todo. Sabía que Kise era bueno, muy bueno, y Aomine también era consciente de eso. Pero aun así, le haría falta un milagro –siendo él uno, y siento Aomine otro– para ganarle. Para ganar al talento natural que Aomine era.

Ajeno a Mizzu, el partido seguía con normalidad. Las fans de Kise, esas malditas chicas que solo le daban importancia a lo perfecto que podía verse en la cancha, o a lo guapo que era, consiguieron callarse al fin. Para alivio de Mizzu y sus oídos, quizás entendieron la situación que revoloteaba por todo el estadio.  Aomine y Kise brillaban en la cancha, al parecer les querían enfrentar desde un principio y Mizzu no entendió la razón hasta bastante tiempo después. En su espalda un escalofrío avisaba de que algo, en ese momento desconocido si fuera a ser algo bueno o malo, iba a pasar. Por otra parte, las exclamaciones de los espectadores hacían que le pitaran los oídos. La gente gritaba, se levantaba, aplaudían, animaban y apretaban sus propias manos, pidiéndole a algún ser superior que ganase el equipo el cual ellos mismos apoyaban. Quizás no era una batalla campal propiamente dicho, pero que dos estrellas como lo eran ellos chocaran y resplandecieran, hacía daño a la vista.

Mizzu pasó desde que descubrió las intenciones de Kaijou hasta el final del partido con el corazón en un puño. Mentiría si dijera que nunca se le hubiese ocurrido que Kise intentara imitar a Aomine, sabía que el rubio era capaz de cualquier cosa para superarle. Pero, de todos modos, en su cabeza la idea de que dejase de admirar a Aomine sonó con tanto impacto que no sabía siquiera cómo reaccionar. No lo escuchó, por supuesto, como tampoco veía las expresiones que esos dos ponían, pero eso no significaba nada. Ya que los conocía, sabía lo qué harían. Y el rostro de Kise se recreaba en su cabeza cuando lucía como el de Aomine, y después, cuando el cuerpo del modelo se desvanecía en el suelo, sintió unas ganas enormes de saltar de ahí e ir a la cancha, pero era imposible. El rosto envuelto en llanto de Kise, hacía que se sintiera mal. No culpable, simplemente, mal. Miró de nuevo los resultados, y el partido se recreó en su cabeza con casi exacta perfección, suspiró, sentándose de nuevo en los asientos del público, mirando cómo Kasamatsu ayudaba a Kise a levantarse, como cargaba con su peso y como Aomine salía de la cancha. Obviamente, no escuchó lo que dijo, pero aun así la frase le dejó helada, grabadas eternamente en su memoria y haciendo eco en su cabeza.
«No hay nada que el ganador pueda decirle al perdedor»
Se estremeció ligeramente, tirando su cabeza hacia atrás y soltando un largo suspiro. Esperó unos segundos, pero decidió levantarse e irse de ahí, estaba empezando a encontrarse mal y eso no era nada bueno. Se encontró a Seirin, por algún lugar del público, pero aprovechó que parecieron no percatarse de su presencia para pasar de largo, ni molestándose a saludarles. Siendo sincera, en estos momentos no quería ni siquiera ver a Kuroko, ni a Kagami, ni a nadie. Solamente necesitaba una persona, y esa persona, desgraciadamente, no iba a estar con ella.

Sonrió ligeramente cuando el aire le dio en la cara, moviendo sus cabellos al viento. Alzó la vista al cielo, cerrando ligeramente los ojos, intentando controlar sus emociones: se alegraba de la victoria de Too, o eso quería creer al menos, pero a la vez le dolía mucho la derrota de Kaijou, su equipo, sus compañeros, ellos ahora estarían destrozados, Kise quizás estaba intentando no llorar de nuevo, y Kasamatsu… Kasamatsu estaría para el traste. Era consciente de las razones que el capitán tenía para querer ganar, entendía el ímpetu que puso en el juego. Lo entendía, y lo admiraba. Retrocedió un poco, apoyándose ligeramente en una puerta que no era la principal, así que no había, aparentemente, problema en recostar un poco el cuerpo. Suspiró, pero de repente sintió como abrían esa puerta, obligándola a tirarse hacia delante. Miró a la persona que abrió la entrada a través de su hombro, ladeando ligeramente el rostro. Sus ojos se abrieron ligeramente.
—D-Daiki… —Murmuró inconscientemente, poco después de sentir una violenta sacudida en el pecho.
—Ah… Mizzu —La miró de arriba abajo, saludándola con la mano sin mucho sentimiento —. En fin, adiós —Volvió a caminar, con la intención de pasar de largo a Mizzu, de volver a dejarla sola. Él únicamente quería llegar a casa, coger alguna revista o ver una película de esas que le gustaban, simplemente eso. Sintió como le agarraron de la chaqueta, impidiendo que avanzara. Ladeó ligeramente el rostro, mirando a Mizzu —¿Qué estás haciend….
—Sonríe… has ganado, Daiki. Sonríe—Murmuró, separando a penas los labios mientras se aferraba con fuerza a la manga de un uniforme que ya no era el de Teikou, de un uniforme que ya no les ataba. Tanto deseaba ver la sonrisa de Aomine, que algo dentro de ella decía que estaba bien que hubieran destrozado a Kaijou, que hubieran destrozado a Kise. Negó con la cabeza, enfadada y confundida con sus propios pensamientos.


Sintió algo parecido a una patada en la boca por parte de Aomine. Bueno, no, para Mizzu una patada en la boca quizás hubiera sido incluso mejor. «Suéltame». Aomine le había dicho que le soltara, pero la dureza con la que empleó la orden era una dureza con la que nunca había llegado a tratar a Mizzu. Se zafó de su agarre, tirando de su brazo, ayudándose de la fuerza que le había otorgado su condición de hombre.
—Suéltame—Repitió, endureciendo mucho más el tono de voz y con furia en el mirar. Ardían sus ojos de enfado, quería pensar Mizzu, de únicamente enfado.
Mizzu se limitó a negar con la cabeza, volviendo a agarrarle del brazo como si fuera una muñeca, y ella una simple niña pequeña que tuviera miedo a quedarse sola, añadió toda la fuerza que tenía, ignorando la mirada amenazadora de Aomine. El genio se limitaba a fruncir el ceño peligrosamente, si seguía así, nada de esto iba a acabar bien. Sus ojos afilados apuñalaban a Mizzu en pleno estómago, le hacía daño, y lo sabía, pero no hacía nada para remediarlo. Aomine entreabrió los labios para decir algo, pero inmediatamente se puso a llover.

Al sentir la lluvia, Mizzu alzó la cabeza al cielo, mirando la lluvia o simplemente para mojarse la cara y calmarse un poco. Aclarar sus ideas, sí, eso era lo único que necesitaba y que al parecer nunca iba a ocurrir. Pero en ese poco tiempo, Mizzu volvió a la normalidad y se dio cuenta de la estupidez que había hecho.
—Daiki… lo sien…—Algo le obliga a callarse: una calidez –extraña, anormal, teniendo en cuenta el frío que estaba empezando a hacer–. Una calidez que había echado tanto de menos, sobre su cabeza. Miró a Aomine, queriendo aferrarse a era inusual calidez que el otro demostraba solo muy de vez en cuando, que no quemaba, pero que tampoco la abrazaba con ternura, pero que al menos decía «Estoy aquí». Una calidez que simplemente le hacía sentir protegida.
Mizzu apartó con cuidado la calidez  de Aomine sobre su cabeza, tomándola entre sus dos manos fuertemente. Aomine arqueó una ceja, intentando zafarse del agarre, pero acabó dejándose hacer, resoplando con molestia.
—Quita—Murmuró, al fin. Miró de nuevo a Mizzu de arriba abajo, y suspiró al ver que ya tenía una chaqueta puesta. Estaba dispuesto a dejarle la suya, pero la verdad es que él también estaba empezando a sentir el frío en su piel—. Andando. Compramos un paraguas y te acompaño hasta casa—Añadió, empezando a caminar después de darle un pequeño golpe en la cabeza a Mizzu, como si no hubiera pasado nada.
Ella asintió con la cabeza, empezando a caminar con una pequeña y muy débil sonrisa en los labios. Empezó a restarle importancia a los cambios repentinos de Aomine, porque no era la primera vez que se lo hacía. Acabó, digamos, acostumbrándose. Le siguió desde muy cerca, embobada mirando su espalda empapada gracias a las hábiles gotas de lluvia, que también le empaparon a ella.
—Ha sido un partido duro—Murmuró, no esperando una rápida respuesta de Aomine. De hecho, ni siquiera esperaba una respuesta verbal, un simple asentimiento incluso estaba bien, para así darse cuenta de sus sentimientos al menos.
—Deja de hablar del partido—Respondió, alzando un poco la cabeza, dándole poca importancia al hecho de estar mojándose. Chaqueó la lengua, meneando la cabeza para quitarse el agua de encima, mientras entraba en una tienda, haciendo caso omiso a si Mizzu le seguía o no. Sabía que lo haría.
La tienda no era la gran cosa. Era un establecimiento pequeño, pero lleno de cosas. Dabas directo a las cajas de pago y a los carros de la compra, pero Aomine no necesitaba nada de eso. Solo necesitaba un maldito paraguas. Miró a un hombre, al cual al parecer le intimidó su altura y la cara de pocos amigos que caracterizaba al ex-genio de Teikou.
—El último pasillo de la derecha—Murmuró, con la voz temblorosa, señalando unas pequeñas escaleras que daban a un pasillo no muy largo, el cual se dividía en otros pasillos en ambos lados.
Aomine asintió con la cabeza, caminando hacia el pasillo mientras Mizzu agradecía al hombre por él. Después, adelantó el paso para ponerse detrás de Aomine de nuevo, miró al paraguas que agarró: era negro, nada del otro mundo, simplemente pedía que fuese lo suficientemente grande como para poder estar los dos debajo de él, sin necesidad de tener contacto con el hombro del foráneo. No, gracias, no quería ponerse más nerviosa. Iba a decirle algo, pero Aomine ya estaba pagando en la caja. Chasqueó la lengua, corriendo hasta ahí.
Con el paraguas en la mano, Aomine y Mizzu salieron a la calle. Aomine lo desplegó y cogió a Mizzu del brazo para atraerla hacia él y cubrirla de la lluvia. Entonces, lo que Mizzu pensó hace unos minutos, se hizo realidad: sentía su hombro empapado contra el brazo de Aomine, que se encontraba prácticamente en el mismo estado. Se sonrojó ligeramente, agachando la cabeza y clavando la mirada al suelo, que en ese momento se volvió demasiado interesante y tentador. Odiaba, completamente, a Aomine. Por ponerla así, qué sabía ella; quizás era de esas chicas que odiaban a la persona que le gusta, o que le gustaban personas que odiaba, que venía a ser lo mismo.  Simplemente, quizás era una tonta de remate y el hecho de que Aomine le hiciera sentir así, le hacía quererle más. No lo sabía, solamente sabía que le quería para ella, que quería quererle, y que quería pasar más tiempo con él. Por eso se alegraba con sus visitas inesperadas, o cuando le enviaba un mensaje diciéndole que se aburría, o simplemente cuando le mandaba a callar cuando ella le llamaba en medio de una de sus preciadas siestas en la azotea.

Al cabo de unos quince minutos, ya estaban en casa de Mizzu. Mizzu había estado sumida en sus pensamientos, por lo que, si Aomine le había dicho algo, lo había ignorado por completo. Pero no parecía molesto, así que simplemente quizás él también estuvo pensando en sus cosas. Aun así, Mizzu se sorprendió al ver lo rápido que habían llegado.
Aomine plegó el paraguas y se lo tendió a Mizzu.
—No lo necesito—Dijo, moviéndolo un poco para que lo cogiera, pero ella no reaccionó, solo se limitó a fruncir ligeramente el ceño—. Eh, no me importa mojarme, me gusta. Por eso, no lo necesito. Cógelo, y no seas pesada—Añadió.
Mizzu únicamente se sonrojó, sin saber muy bien por qué, pero negó rápidamente con la cabeza, negándose a aceptar el paraguas con la excusa de que él lo necesitaba más que ella.
—Parece que ha parado un poco—Murmuró, mirando de nuevo al cielo—. Pero no durará mucho, mejor empieza a caminar antes de que vuelva a llover con más fue…—Fue interrumpida por lo que, efectivamente, temía. Oh, vamos, si su nombre tenía cierto significado era por algo, ¿No? Miró a Aomine, con una sonrisita nerviosa en los labios—¿Quieres… entrar?
Aomine se quedó mirando el cielo, en absoluto silencio. Y cuando pasaron unos segundos volvió a mirar a Mizzu.
—No, mejor me voy a casa. Supongo que Hann me estará esperando—Respondió, mirando a Mizzu por el rabillo del ojo, guardando sus manos, en ese momento bastante frías, en los bolsillos de la chaqueta del uniforme de deporte de Too. Tomó el brazo de Mizzu y le puso el paraguas en la mano, despidiéndose con un gesto de muñeca bastante despreocupado, y después dándole la espalda y empezando a alejarse, no muy rápido, ni muy lento. Simplemente empezó a caminar.
Mizzu se quedó quieta unos pocos segundos, como pensando. Sencillamente; ya le echaba de menos. Sin quererlo siquiera, ya se vio a ella misma corriendo detrás de Aomine, rápido, para alcanzarle, y empapándose entera, gritando su nombre, no con desesperación, pero sí con necesidad. Le necesitaba. Le agarró del brazo cuando logró alcanzarle, y automáticamente, cuando notó que Aomine se volteaba sutilmente hacia ella, agachó la cabeza, avergonzada. Al parecer, no le había escuchado gritar su nombre y… no sabía si eso era un alivio o no lo era. Se encogió de hombros.
—Sé lo que significa tu nombre, ¿Pero no crees que salir de casa expresamente para mojarte es demasiado? —Preguntó, arqueando una ceja—. Algún día acabarás poniéndote mala.
Mizzu sonrió.
—No creas.
—Ya veremos—Murmuró, divertido, mientras volvía a darle la espalda y caminaba hasta algún lugar. Ahora que había llegado Mizzu, bueno, ahora que había vuelto a aparecer, por alguna razón ya no le importaba tardar en llegar a casa.

Algún ser superior será capaz de decirnos cómo Aomine y Mizzu acabaron llegando a un parque, porque esos dos no eran capaces. Seguía lloviendo, así que no les sorprendía que estuvieran solos ahí, además, que no tenía muy buen aspecto: todo estaba lleno de charcos, y el calzado de ambos estaba rebosante de barro. Mizzu extendió los brazos, alzando ligeramente las manos a la altura de su pecho, y dejando que estas recibieran unas cuantas gotas de lluvia. Suspiró, mirando a Aomine.
—No deberíamos habernos desviado, Daiki. Todo esto es culpa tuya—Murmuró, frunciendo ligeramente el ceño. No estaba enfadada, para nada, y tampoco le interesaba de sobremanera que lo pareciese.
Aomine chasqueó la lengua, volteando un poco el cuerpo hasta cierta dirección del parque en la que no estuviese Mizzu. Movió un poco el cuello, para mirarla de nuevo. Quería ignorarla, pero por alguna razón que él desconocía, le era difícil. Quizás era por la lluvia, o quizás era ella misma, que le distraían y, intentando no perderse, se aferraba a cualquier cosa. Y esa cosa era Mizzu.
—Daiki, ¿Por qué has salido tan pronto del partido? —Preguntó, pero automáticamente se arrepintió de eso.
—He dicho que no hables del partido—Repitió, con molestia.
Mizzu suspiró, encogiéndose de hombros, mientras, para ella misma, murmuraba cosas de que únicamente quería hablar con él, verle sonreír, simplemente quería lo que siempre había querido. Quería verle sonreír, sí, pero no esa sonrisa de lado, burlona, que ahora tenía, esa sonrisa arrogante, por mucho que le gustase, no era la que ella buscaba, la que vivía en sus recuerdos; ella quería la sonrisa de Aomine cuando estaba en Teiko y jugaba con Kuroko en los partidos oficiales, o incluso esa cara de idiota que a veces ponía. No quería volver atrás en el tiempo, Aomine le gustó antes y le gustaba ahora, y posiblemente le gustara para un futuro muy largo, simplemente quería no vivir de sus memorias.
Esos pensamientos produjeron en Mizzu unas ganas más fuertes de querer acercarse a Aomine, se aproximó un poco, agarrándole de nuevo de la manga de la chaqueta. Pero esta vez no para que permaneciese así, ahora solamente quería acercarle a ella, sentir su calidez, aunque no fuera mucha, se conformaba con ir poco a poco; sus cuerpos seguían sin tocarse, pero Mizzu le sentía extrañamente cerca. Sentía ese calor.
—¿Qué estás haciendo? —Preguntó, arqueando una ceja mientras la miraba fijamente.
—Daiki… quiero que… ¡Quiero que sonrías! —Gritó, agachando la cabeza mientras se aferraba más y más a él. Y ese era su mayor deseo, presente en tantos lados: ver como por sus venas volvía a correr la sangre del baloncesto; ver como la sonrisa del Aomine Daiki que le había robado el corazón, existió, que no era únicamente fruto de su imaginación.
Aomine chasqueó la lengua, zafándose del agarre de Mizzu con fuerza, tanta que incluso, sin querer, la empujó hacia atrás. El insignificante momento en el que se dio el lujo de cambiar la expresión de su rostro y preocuparse por ella, no duró más de un segundo. Se alejó de ella, quizás eso era una medida drástica para no inquietarse por culpa de la chica.
—Deja el tema ya, pesada. Eres igual que Hann, queriendo que sonría. He destrozado a Kise y a su equipo entero, no pienso sonreír. Es más, sé que no quieres que sonría en esta situación, no cuando un amigo tuyo se ha derrumbado. Eres su compañera; no la mía. Tendrías que estar con él; no perdiendo el tempo aquí, conmigo, ¿Entiendes? —Suspiró, acariciando su propia nuca. Todo esto le cansaba. Era insoportable—. Joder, no sé ni siquiera por qué me has seguido. No: No sé porque he decidido acompañarte a casa. Pero estoy aquí, contigo, debajo del agua, empapándome de ella—Y empapándome de ti, hubiera dicho, porque era la simple verdad. Aunque ni él mismo lo entendía. Chasqueó la lengua, encogiéndose de hombros mientras le da la espalda a Mizzu—Vete a tu casa de una vez, o con Kise, o yo qué sé, pero no quiero estar contigo.
Ladeó ligeramente el rostro hacia Mizzu, con el ceño fruncido, y vio como el rostro ajeno estaba envuelto en lágrimas, como ella le intentaba mirar fijamente, pero al final acababa flaqueando y apartaba la mirada. Aomine estaba sorprendido, sí, pero por fuera se limitó a chasquear la lengua, fastidiado. Aun así, sus orbes azul oscuro se abrieron ligeramente, desconcertado; así como estaba acostumbrado a ver llorar a Hann, ver lágrimas bailando por la tez de Mizzu era algo que prácticamente nunca vio. Aomine hizo ademán de acercarse, pero retiró su brazo a tiempo. Así que todo quedó como si no hubiera ocurrido nada, como si, aunque haya sido un segundo, Aomine Daiki no se hubiera preocupado por ella.
Verla llorar había producido que todos los sentidos del confiado Daiki se desvanecieran.
—Mizzu, ¿Qué coño te pasa? —Murmuró, apartando la mirada con apariente molestia. De todos modos, esto de que casi no le saliera la voz era un serio problema—Mira…—Carraspeó un poco, por culpa de ese reciente nudo que había nacido en su garganta al ver la reacción de Mizzu a sus palabras—. No me importa estar contigo, pero hay momentos que sencillamente no está bien. Es eso. Deja de llorar de una vez—Dijo, mirándola pro el rabillo del ojo, pero al ver que eso no hacía que se calmara ni un poquito, optó por acercarse un poco más a ella, resoplando mientras se acariciaba la nuca.
Miró en dirección a un ladrido, encontrándose a un pequeño perro que osó interrumpirle. Chasqueó la lengua, tomando a Mizzu de los hombros, con fuerza y sin previo aviso, y alejándola del animal dando unos pasos hacia el lado contrario de donde el can se encontraba, mirándolo con desconfianza y fastidio. Volvió a mirar a Mizzu, y, relajando considerablemente la expresión enfadada que adornaba su rostro, restó fuerza al agarre sobre los hombros ajenos. Tomó aire, pero no le llevó más de dos segundos. Clavó sus ojos en los de Mizzu, de nuevo, pero esta vez con firmeza y confianza.
—Lo que estaba diciendo, que dejases de llor…—Ladrido.
Una venita resaltó en la sien de Aomine, quien cerró los ojos como intentando mantener la calma. Tomó aire de nuevo. Le hizo un gesto al perro con la cabeza, para que se fuese de ahí. Volvió a mirar a Mizzu, al escuchar una pequeña risa proveniente de ella. Suspiró, definitivamente no la entendía. La tomó de los hombros de nuevo, sin prestar atención a si el perro del demonio seguía ahí o se había ido.
—En fin, que no llores, que te pones horrible cuando lo hac…—Y, oh, de nuevo un ladrido le interrumpió.
Ni se molestó en mirar al maldito perro, solamente quería que desapareciese, pero tampoco quería golpearle. Sencillamente, en un arrebato abrazó a Mizzu con fuerza, demasiada incluso. Quizás fueron sus deseos de que el perro desapareciera que actuó así, o simplemente la acumulación de estrés que le causaba no poder hablar y decir lo que quería; en cualquier caso, ahora Mizzu estaba entre sus brazos. Levantó el mentón de la chica, con brusquedad e incluso enfado, todo esto llevaría a una cosa que él, por sí solo, no quería hacer, pero, ¿Por qué ahora se estaba dejando llevar con tanta facilidad, usando al perro como excusa? En fin… Aomine Daiki, no entendía a la gente, y estaba empezando a pensar que tampoco lograba entenderse a él. Aomine acercó su rostro al de Mizzu, sin prestarle atención a como ella reaccionaría, o qué haría, o diría, o cualquier cosa, ahora, en estos momentos, no estaba para pensar en nada.  Notó como el cuerpo ajeno dio un pequeño respingo, y como intentaba alejarse de él, echando los hombros de Aomine hacia atrás. En lo personal, Daiki no se lo tomó como si le estuvieran rechazando, pero aun así, le molestó.
—D-Daiki… ¿Q-Qué estás hacien…—Mizzu cerró los ojos con fuerza al sentir como Daiki se acercaba bruscamente a ella, pero como permanecía quieto, a poco milímetros de sus labios, sin hacer nada. En un momento que no fue consciente de sus actos, Mizzu se dejó llevar por sus instintos y relajó los párpados, mientras dejaba de hacer fuerza contra los hombros de Aomine. ¿A quién iba a mentir? Quería que la besara. Pero, para su desgracia, ese beso nunca llegó. Se quedó unos segundos esperando como una idiota, hasta que escuchó un grito ronco de Aomine, sintiendo como la soltaba de golpe.
Aomine se alejó casi de un salto, dándole la espalda a la chica, mientras gritaba palabras no precisamente bonitas hacia el perro, Mizzu dirigió su mirada al can, observándole desconcertada, pero luego volvió a mirar a Aomine, verificando que, efectivamente, había algo mal ahí donde acababa la espalda del as de Too, del genio. Se sonrojó en cosa de un segundo, pero esta vez no por vergüenza que ella sintiera: era mejor dicho vergüenza ajena, vergüenza que posiblemente Aomine sentiría si estuviera viendo lo que ella. ¿Qué acababa de pasar?, repetía su cabeza. Es decir, antes de que todo esto ocurriera, antes de que Aomne empezase a maldecir al perro como si no tuviera algo mejor que hacer. Recorrió de nuevo el cuerpo de Aomine desde su posición, su espalda, y sus piernas, para volver a verificar lo que había ocurrido, y soltó una risita, cubriéndose la boca mientras intentaba apartar la mirada. Los ojos que anteriormente se abrieron como platos al ver las intenciones de Aomine, estaban ahora cerrados con fuerza, reprimiéndose las ganas de volver a ver, y reírse todavía más fuerte. Levantó y extendió ligeramente el brazo, señalando a Aomine, o mejor dicho: su trasero.
—H-Hey… Daiki, bonitos calzonci…—Antes de que pudiera acabar la frase, sintió como algo bastante grande aterrizaba en su cara, cubriéndole la mirada. En un segundo, sintió como Aomine adelantaba el paso e hizo un ruido extraño al sentarse en un banco, como un chirrido molesto, y ella se retiró ligeramente la chaqueta del rostro.

Quién iba a decirle a ella que Aomine llevara ropa interior de pelotas de baloncesto…

1 comentario:

  1. Hola, soy Mizzu(?) -inserte voz de presentacion a lo Goku(?????)-okno

    Antes que nada.. fgracias a vos y a Yuki por el fic ;; (gracias a ella ese final tan.. tan bonito pls). Aunque digas que es fail y eso, a mi me encanto. Tambien me encanto la forma en la que me "caracterizas", es muy yo(?). Y Aomine... es simplemente idiota.. por eso lo amo pls
    Me encantaria hacerte un JaNn para pagarte todas estas sonrisas que me has sacado con los tres AoZzus, deberia de hacerlo ¿no? Ya cuando mi cabecita tengo auna idea super genial , lo hara, i promise.
    Igual.. no puedo negar que me han trolleado.. yo eseraba un beso AoZzutistico (?)
    Bueno, como sea, gracias. Porqueu realemente me gusto mucho mucho mucho muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuucho ;; Tuve sentimientos desencontrados y eso.. me confunde pla.
    Hann...-la viola super hard rimpiendo paredes, mientras Kise/Kame las arregla pla- Te amo mucho pendeja ;; <3333333333 Gracias por este fic , valio la pena la espera ;; -la estruja- -la sigue estrujando--la besuquea- <33333

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