Le
abrazó el cuello con cuidado, sonriendo con cierta timidez que no
acababa de encajar completamente con la situación. Con lo que
aparentemente ella quería hacer. Se acercó a él mientras caminaba.
Y sí, era condenamente consciente de lo que hacía; le hacía
retroceder. Le hacía retroceder ntentando hacer algo sabiendo de
buenas a primeras que él no se iba a dejar acorrarlar.
—¿Qué
haces, enana?—Preguntaba. Esa sonrisa divertida en su rostro, esa.
Esa era la sonrisa que tanto le gustaba, por mucho que le jodiera.
Y
se acabó.
Ella
se limitó a resoplar, a dejar de soltar su cuello para cruzar los
brazos debajo del pecho. Ladeó un poco el rostro, suspirando con
resignación. Intentando esconderse.
¿Esconderse
de qué?
Si
él ya le conocía. Posiblemente, también sabía que no iba a hacer
nada, que sencillamente quería burlarse de él.
Porque
ella no hacía esas cosas.
—Púdrete—Murmuró,
dejando caer los brazos muertos.
—¿Pudrirme
y dejarte sola?—Cogió los brazos que anteriormente le abrazaron el
cuello, y los alzó lentamente. A los segundos, ya volvían a
rodearle. Sonrió—. Nunca.
—Eres...
—Le miró por el rabillo del ojo, avergonzada y, por demás,
sonrojada. Pero aún así no dejó de abrazarle, ni siquiera se
planteó la idea de hacerlo. Se estaba tan endemoniadamente bien así,
que creía que era eso, cosa del demonio. Un demonio que le había
hecho cambiar. Porque no, no era la misma—. Eres idiota.
—¿Hm?—Sonrió
de nuevo, acercándose a ella al punto de tener las narices
rozándose—. Lo sé.
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