jueves, 26 de junio de 2014

I don't love you, but I always will: (1)

Título: I don't love you, but I always will tú lo entiendes wink wonk.
Anime: Kuroko no Basket (kurobasu en etiquetas), por lo tanto el disclaimer es para Tadatoshi Fujimaki.
Palabras: 2.493
Well, es de suponer pero la pareja es AoToria AoZzu, Daiki, Victoria Mizzu y esas cosas.
Comentario: Es lo más fail del mundo, pero me sigues amando y lo harás por los restos de los restos porque más te vale amarme ee. Y eso. Te amo u/u. En la vista previa se ve largo así que si resulta que es largo te jorobas, que sé que te gustan las cosas largas ♥.



Le conoció a mediados de abril, a la inocente edad de 12 años. Inocente... no era una buena palabra; más bien pura, alegre, cómo él, quizás. Aunque él era tantas cosas y a la vez ninguna, ningún adjetivo le caracterizaba bien. Se podría decir, entonces, que era alguien especial en cualquiera de los sentidos. Y se convirtió en alguien especial para ella en menos tiempo del cual se hubiese imagino. Un simple gesto, eso bastó.

Era uno de los tantos primeros días de clase, había vivido bastantes. Casi siempre en una misma escuela, casi siempre viendo las mismas caras nada más entrar al recinto. Las mismas caras que, pese que ya les había cogido cariño, ya era hora de dejarlas atrás. Quizás muy a su pesar, pero seguía pensando que si querían mantener contacto con ella, se las apañarían. Si de verdad querían, harían cualquier cosa para conseguir su número de móvil si es que no lo tenían ya. Y con esa idea en mente, Mizzulina Yamamoto ingresó en Teikou.
Aunque esa no era su única idea: Mizzu pensaba entrar también al prestigioso club de baloncesto de Teikou. Quizás era duro, y quizás no podía por ello; pero el baloncesto le gustaba muchísimo más que las ganas de rendirse. Se estaba adaptando a una nueva vida y si algo era cierto, es que no tenía las ideas para nada claras. Solo tenía una única obligación, y esa era seguir estudiando; el baloncesto lo escogió por sí sola, y aunque la primera le importara tanto como la segunda, simplemente no se podrían comparar. Aunque en ese momento no sabía que el baloncesto de Teikou le iba a enseñar tantas cosas.

Después de entrar en el recinto y dar unos cuantos pasos, a la izquierda quedaba un gran cartel donde había carteles más pequeños, hechos con hojas de papel. Había uno especialmente luminoso, o igual era cosa suya, porque era el del club de baloncesto. Es eslogan era bastante tonto, pero decidió no tomarlo mucho en cuenta. Pronto se daría cuenta que el club de baloncesto era totalmente lo contrario a como lo pintaba ese condenado cartel. Al lado había un mapa enorme el cual algunos papeles estaban tapando, habían que levantar los carteles del club de fútbol y el club de teatro para buscar bien. No dudaba que algún día fuese a ver a los chicos del club de fútbol, no lo dudaba lo más mínimo. Buscó el gimnasio, los del club de básquet lo habían marcado con una redonda hecho con un rotulador rojo y grueso, para que la gente no se perdiera, supuso Mizzu. Pero quizás era solo para llamar la atención. Tenía miedo y estaba nerviosa.
Y si todavía no os creéis qué tan prestigioso era el baloncesto de Teikou, solo quedaba decir que había dos colas para apuntarse al club. El gimnasio era enorme, y seguramente había uno o dos más por otro lado, porque a los chicos se los llevaban en grupos de diez y las chicas iban entrando poco a poco al gimnasio principal después de hacer la petición de ingresar al club. ¿Había dicho que estaba nerviosa? ¿No? Pues estaba nerviosa. Se mordió el labio inferior, después llevó una de sus manos a la sudadera del uniforme que le había llegado hace unos dos días y la apretó con fuerza. Dio un paso de gigante, después otro y al tercero ya había cogido confianza para caminar de forma normal, pero se chocó con una chica. Se la quedó mirando, agacharía la cabeza, pero la seguiría viendo porque era bastante más bajita que ella. Tenía una media melena rizada y castaña, por encima del pecho y más que rizos parecía que tenía unos pelos de loca. «Podría recogérselo», pensó «, de todos modos si nos hacen jugar a baloncesto ahora tendrá que hacerlo, ¿No?».
La chica se la quedó mirando, después echó una mirada atrás, mirando casi desesperadamente a un chico alto que también las estaba mirando. Tenía la piel oscura, y eso había llamado la atención de Mizzu. Cuando volvió a ver en dirección a la chica, ya no estaba. Había salido corriendo para coger sitio a la cola. Suspiró, caminando a paso normal hasta la entrada del gimnasio. De la chica de cabellos rizados ahora la separaban unas dos o tres chicas más, que habían llegado antes que ella. Tampoco es que le importase mucho, normalmente nadie era tan maleducado como para huir de ella en sus narices. Y no sabía si tomarlo como una ofensa o algo diferente. Desde su sitio en la cola, se veía que el gimnasio era bastante grande, pero no le sorprendió ni un poco ver ese techo tan alto. Era algo que se esperaba después de escuchar tantas cosas de Teikou. Desde dentro, quizás si que se sorprendiese.

La cola de chicos avanzaba más lentamente que la de las chicas. Suponía que era porque había muchas que no daban la talla, y eso le hacía perder confianza. No sabía las motivaciones de esas chicas para ingresar, pero había algunas que llegaban al punto de ponerse a llorar por no haber causado una buena impresión, y otras que simplemente se acomodaban el pelo y se iban a las gradas tan tranquilas como habían venido. Empezó a clasificar mentalmente a cuantas les gustaba de verdad el baloncesto. La chica de pelo rizado se inscribió casi a gritos y con una sonrisa de oreja a oreja que pareció molestar al que apuntaba los nombres. Mizzu se encogió de hombros, viendo como ese cuerpo pequeñito iba entrando al gimnasio y, sin querer, soltó una risita. Pronto le tocaría a ella. Si preguntaban por sus motivaciones para apuntarse, no sabría qué decir. ¿Que le gustaba el baloncesto? Quizás era tan simple que lo aceptaban. ¿Que quería distraerse? Posiblemente con tener miembros buenos en el equipo tenían suficiente.

—¿Tu nombre?
La chica que estaba delante suyo sonrió. Se puso un mechón de pelo detrás de la oreja, tenía los ojos y el cabello un poco más claros de lo normal, largo y liso. Era más alta de lo normal, pero tampoco tanto. Sus pestañas eran largas y todo eso en conjuntos le hacía parecer algo más femenina. Parecía difícil que pudiese jugar a baloncesto, o al menos que le gustase. La chica curvó sus labios finos en una sonrisa, para después decir:
—Petra Kirino.

Y desapareció.
Ahora le tocaba a ella. Creó la conversación en su mente: esperaba otro '¿Tu nombre?', a lo que ella contestaría un seco y conciso 'Mizzulina Yamamoto'. Después, entraría al gimnasio. Pero esa conversación nunca se dio: le dieron una hoja con varios nombres escritos a letra manuscrita. Había varias letras diferentes, supuso que la mayoría eran del chico y las demás de quien haya escrito su nombre. Miró la última, el katakana de ペトラ y los kanjis de su apellido, 桐野. Ella escribió su nombre, mirando por el rabillo del ojo al que le dio el papel. Esperaba que los demás no le decepcionasen como ese chico lo había hecho.

Se alejó, dando suaves golpecitos en el suelo con la punta del pie cuando caminaba. Entró al gimnasio, y se sentó en las gradas. No sabía cómo funcionaba todo esto: en el otro instituto el entrenador dio un discursito al que ella no le hizo ni caso, pero eran demasiados. Además, seguramente el entrenador estaba con el grupo de chicos. ¿Les separarían por niveles? Tenía la vaga idea de que sí que lo harían; en su otro instituto no lo hicieron porque se apuntaban muy pocas personas, y los titulares entrenaban con los que no lo eran porque por lo general tenían más o menos el mismo nivel. No había hablado con otros equipos de otros institutos, así que no sabía cómo funcionaba en otros lugares. Pero Teikou era distinto, se lo decían esas brutas palpitaciones de su corazón, lo sentía nada más pisar el suelo de ese gimnasio inmenso. Teikou iba a marcarla, para bien o para mal.

Entonces volvió a ver a la chica de cabello rizado. De lejos, entre la multitud, ni siquiera llamaba la atención. Era tan ordinaria como cualquier otra. Estaba sentada en una de las gradas más bajas, hecha un palo: los brazos estirados y los puños apretados sobre los muslos medio desnudos por la falda del uniforme. Si la veía de cerca, posiblemente era más pálida de lo que parecía desde a esa distancia, pero no sentía la necesidad de acercarse. Era algo raro, aunque siempre había sido muy... cerrada, por así decirlo; tímida. No le acababa de gustar. Pero tampoco es que como que hiciese algo para remediarlo: Simplemente no estaba en su mano, o al menos eso pensaba, cambiar algo. En todo caso, la pregunta era otra muy distinta, ¿Había algo que cambiar? No es que le gustara pensar en ese tipo de cosas, entonces se limitaba a dejar arrastrarse por la vida. El camino fácil, le llaman. Pero, según cómo lo mirabas, desde luego el más fácil —no mejor— de todos.
En fin… en cualquier caso, no era el momento ni el lugar para ponerse filosófica.
Escuchó un interminable blablablá por parte de un hombre de media edad. Tenía un micrófono en las manos, pero de todos modos el gimnasio estaba perfectamente estructurado como para que se le escuchase sin. Lo cual lo hacía interesante. Pero el sonido del eco tras el micrófono era horrible y tuvo que obligarse a no prestar la más mínima atención a las palabras de lo que, supuso, era el entrenador. Pasaron unos diez minutos hasta que, entre interrupciones y preguntas, el hombre acabó de hablar. Mizzu sintió una especie de liberación, la cual no iba a demostrarla en frente de tantas personas. Además de una acción maleducada, también sería realmente incómodo. Entornó ligeramente los ojos y levantó el cuerpo pesadamente; volvió la vista a donde en teoría estaba la chica, y ahora estaba acompañada del mismo chico de antes, al cual solo puto observar por el rabillo del ojo. La chica estaba sonriendo mientras la hablaba y el chico parecía pasar bastante de todo: de la chica, del discurso. Parecía de esas personas que únicamente tenía una devoción, pero que se dedicaba totalmente a ella. Eso lo hacía tanto odioso como admirable.
Sintió un hormigueo en el pecho y se dio la vuelta de nuevo, caminando hacia la salida del gimnasio tan rápido como sus piernas se lo permitían.


El día siguiente fue igual o más normal que el primero. Era, oficialmente, el primer día de clases, pero durante las dos primeras horas el tutor que les había tocado hizo de todo, quizás para hacerlo más dinámico: Para empezar, hizo presentarse a toda la clase y luego se presentó él. Propuso de hacer un juego que consistía en, mientras él miraba la lista de los alumnos e iba diciendo nombres al azar, todos los alumnos tenían que memorizar y señalar al alumno en cuestión, el cual después tenía que volver a decir su nombre y hacer una presentación un poco más larga —lugar de nacimiento, raíces…—. Por suerte o por desgracia, a ella y a algunos más no les tocó presentarse. La clase era grande, tenía espacio para muchas personas y todavía así quedaba un considerable hueco vacío en la clase. Estaba todo bastante bien distribuido, y es que Teikou tenía de qué presumir además de su baloncesto. En las listas su nombre estaba situado en la columna de la clase 1-B, y no le costó mucho encontrarla. Era el primer piso, de las primeras. Suponía que así iba a ser todo el instituto: Después del aula de 1-D, estaría la 2-A, después la 2-B… como un instituto ordinario. Eso, en cierto modo, era alentador y reconfortante.
En la hora antes del recreo, Mizzu desconectó un poco. Miraba a la profesora de lengua, asentía con la cabeza, la entendía, la escuchaba… pero no prestaba la atención suficiente. Para su suerte, había varias personas peor que ella que incluso se durmieron encima del pupitre y de los libros. No quería ver el estado de los pocos apuntes que tomaron en el caso de que esas personas soltasen saliva mientras dormían. Contuvo una sonrisa, dirigiendo la mirada de nuevo a la profesora que, durante todo el curso escolar, les iba a enseñar más de esa lengua que hablaba a la perfección. No era la única lengua que sabía, pero se manejaba perfectamente con el japonés. Después de tantos años hablando el idioma, no le veía la dificultad.
Fue cuando empezó a centrarse en la clase que sonó el timbre del recreo. Al contrario que con el del cambio de clase, al anunciar el recreo sonaba una cancioncita que no reconocía. Suponía que lo cambiaban en los momentos felices del día, la hora de recreo o cuando se acababan las clases. Se imaginó una horrible y triste canción al inicio de éstas, pero en vez de reírse o desanimarse simplemente se encogió de hombros. Recogió al mismo tiempo que los demás  y se levantó. Examinó la clase, viendo que algunos cogían cosas y se iba, y otros tantos se quedaban. En su antiguo colegio solía irse a la azotea o a dar vueltas por el patio o por dentro del edificio, pocas veces era que se quedaba dentro del aula. Porque quedarse en la clase significaba tener alguien con quien hacerlo, y lamentablemente ella no tenía a nadie. Esperaba, al menos, que las cosas cambiaran.
Suspiró, era una gran tontería pensar en arreglar eso de ella pero simplemente quedarse ahí mirando. Se giró hacia la puerta, pero justo el hacerlo, volvió a tropezarse con alguien. Tuvo que aguantar el equilibrio sobre sus piernas para no caerse, esta vez la otra persona se había metido en medio con ganas. Una mueca de disgusto se fue dibujando poco a poco en su rostro, pensando si es que en Teikou todos iban distraídos o con prisa o si era su condenada buena suerte.
Optaría por la primera opción si no fuese porque la persona con la que había chocado esta vez era exactamente la misma chica con la que lo hizo el día anterior. La mueca pesada se fue transformando poco a poco en una de desconcierto. ¿Y esa chica qué hacía ahí? ¿Se había metido ahora en su clase o había estado todo este tiempo? La miró de arriba abajo, no sabía qué hacía muy bien esa chica, pero se las apañaba para aparecer de la nada en los sitios, o quizás es que tenía poquísima presencia. Podía haberla tenido al lado y seguiría sin haberse percatado de su presencia. Eso no es que sentase muy bien.
—Perdón por chocar contigo ayer también—La chica resopló, aparentemente ofendida. No entendía por qué se ofendía ella, pero lo dejó pasar.
—No pasa nada…—Supongo.

—Perfecto—Aunque el tono que usaba era cortante y arisco, la chica sonrió—. Soy Hannon… eh… Kirschtein, Hannon Kirschtein. ¡Encantada! 

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