Anime: Kuroko no Basket (kurobasu en etiquetas), por lo tanto el disclaimer es para Tadatoshi Fujimaki.
Palabras: 2.493
Well, es de suponer pero la pareja es
Comentario: Es lo más fail del mundo, pero me sigues amando y lo harás por los restos de los restos porque más te vale amarme ee. Y eso. Te amo u/u. En la vista previa se ve largo así que si resulta que es largo te jorobas, que sé que te gustan las cosas largas ♥.
Le
conoció a mediados de abril, a la inocente edad de 12 años. Inocente... no era
una buena palabra; más bien pura, alegre, cómo él, quizás. Aunque él era tantas
cosas y a la vez ninguna, ningún adjetivo le caracterizaba bien. Se podría
decir, entonces, que era alguien especial en cualquiera de los sentidos.
Y se convirtió en alguien especial para ella en menos tiempo del cual se
hubiese imagino. Un simple gesto, eso bastó.
Era
uno de los tantos primeros días de clase, había vivido bastantes. Casi siempre
en una misma escuela, casi siempre viendo las mismas caras nada más entrar al
recinto. Las mismas caras que, pese que ya les había cogido cariño, ya era hora
de dejarlas atrás. Quizás muy a su pesar, pero seguía pensando que si querían
mantener contacto con ella, se las apañarían. Si de verdad querían, harían
cualquier cosa para conseguir su número de móvil si es que no lo tenían ya. Y
con esa idea en mente, Mizzulina Yamamoto ingresó en Teikou.
Aunque
esa no era su única idea: Mizzu pensaba entrar también al prestigioso club de
baloncesto de Teikou. Quizás era duro, y quizás no podía por ello; pero el
baloncesto le gustaba muchísimo más que las ganas de rendirse. Se estaba
adaptando a una nueva vida y si algo era cierto, es que no tenía las ideas para
nada claras. Solo tenía una única obligación, y esa era seguir estudiando; el
baloncesto lo escogió por sí sola, y aunque la primera le importara tanto como
la segunda, simplemente no se podrían comparar. Aunque en ese momento no sabía
que el baloncesto de Teikou le iba a enseñar tantas cosas.
Después
de entrar en el recinto y dar unos cuantos pasos, a la izquierda quedaba un
gran cartel donde había carteles más pequeños, hechos con hojas de papel. Había
uno especialmente luminoso, o igual era cosa suya, porque era el del club de
baloncesto. Es eslogan era bastante tonto, pero decidió no tomarlo mucho en
cuenta. Pronto se daría cuenta que el club de baloncesto era totalmente lo
contrario a como lo pintaba ese condenado cartel. Al lado había un mapa enorme
el cual algunos papeles estaban tapando, habían que levantar los carteles del
club de fútbol y el club de teatro para buscar bien. No dudaba que algún día
fuese a ver a los chicos del club de fútbol, no lo dudaba lo más mínimo. Buscó
el gimnasio, los del club de básquet lo habían marcado con una redonda hecho
con un rotulador rojo y grueso, para que la gente no se perdiera, supuso Mizzu.
Pero quizás era solo para llamar la atención. Tenía miedo y estaba nerviosa.
Y
si todavía no os creéis qué tan prestigioso era el baloncesto de Teikou, solo
quedaba decir que había dos colas para apuntarse al club. El gimnasio era
enorme, y seguramente había uno o dos más por otro lado, porque a los chicos se
los llevaban en grupos de diez y las chicas iban entrando poco a poco al
gimnasio principal después de hacer la petición de ingresar al club. ¿Había
dicho que estaba nerviosa? ¿No? Pues estaba nerviosa. Se mordió el labio
inferior, después llevó una de sus manos a la sudadera del uniforme que le
había llegado hace unos dos días y la apretó con fuerza. Dio un paso de
gigante, después otro y al tercero ya había cogido confianza para caminar de
forma normal, pero se chocó con una chica. Se la quedó mirando, agacharía la
cabeza, pero la seguiría viendo porque era bastante más bajita que ella. Tenía
una media melena rizada y castaña, por encima del pecho y más que rizos parecía
que tenía unos pelos de loca. «Podría recogérselo», pensó «, de todos modos si
nos hacen jugar a baloncesto ahora tendrá que hacerlo, ¿No?».
La
chica se la quedó mirando, después echó una mirada atrás, mirando casi
desesperadamente a un chico alto que también las estaba mirando. Tenía la piel
oscura, y eso había llamado la atención de Mizzu. Cuando volvió a ver en
dirección a la chica, ya no estaba. Había salido corriendo para coger sitio a
la cola. Suspiró, caminando a paso normal hasta la entrada del gimnasio. De la
chica de cabellos rizados ahora la separaban unas dos o tres chicas más, que
habían llegado antes que ella. Tampoco es que le importase mucho, normalmente
nadie era tan maleducado como para huir de ella en sus narices. Y no sabía si
tomarlo como una ofensa o algo diferente. Desde su sitio en la cola, se veía
que el gimnasio era bastante grande, pero no le sorprendió ni un poco ver ese
techo tan alto. Era algo que se esperaba después de escuchar tantas cosas de
Teikou. Desde dentro, quizás si que se sorprendiese.
La
cola de chicos avanzaba más lentamente que la de las chicas. Suponía que era
porque había muchas que no daban la talla, y eso le hacía perder confianza. No
sabía las motivaciones de esas chicas para ingresar, pero había algunas que
llegaban al punto de ponerse a llorar por no haber causado una buena impresión,
y otras que simplemente se acomodaban el pelo y se iban a las gradas tan
tranquilas como habían venido. Empezó a clasificar mentalmente a cuantas les
gustaba de verdad el baloncesto. La chica de pelo rizado se inscribió casi a
gritos y con una sonrisa de oreja a oreja que pareció molestar al que apuntaba
los nombres. Mizzu se encogió de hombros, viendo como ese cuerpo pequeñito iba
entrando al gimnasio y, sin querer, soltó una risita. Pronto le tocaría a ella.
Si preguntaban por sus motivaciones para apuntarse, no sabría qué decir. ¿Que
le gustaba el baloncesto? Quizás era tan simple que lo aceptaban. ¿Que quería
distraerse? Posiblemente con tener miembros buenos en el equipo tenían
suficiente.
—¿Tu
nombre?
La
chica que estaba delante suyo sonrió. Se puso un mechón de pelo detrás de la
oreja, tenía los ojos y el cabello un poco más claros de lo normal, largo y
liso. Era más alta de lo normal, pero tampoco tanto. Sus pestañas eran largas y
todo eso en conjuntos le hacía parecer algo más femenina. Parecía difícil que
pudiese jugar a baloncesto, o al menos que le gustase. La chica curvó sus
labios finos en una sonrisa, para después decir:
—Petra
Kirino.
Y
desapareció.
Ahora
le tocaba a ella. Creó la conversación en su mente: esperaba otro '¿Tu
nombre?', a lo que ella contestaría un seco y conciso 'Mizzulina Yamamoto'. Después,
entraría al gimnasio. Pero esa conversación nunca se dio: le dieron una hoja
con varios nombres escritos a letra manuscrita. Había varias letras diferentes,
supuso que la mayoría eran del chico y las demás de quien haya escrito su
nombre. Miró la última, el katakana de ペトラ y los kanjis de su
apellido, 桐野. Ella escribió su
nombre, mirando por el rabillo del ojo al que le dio el papel. Esperaba que los
demás no le decepcionasen como ese chico lo había hecho.
Se
alejó, dando suaves golpecitos en el suelo con la punta del pie cuando
caminaba. Entró al gimnasio, y se sentó en las gradas. No sabía cómo funcionaba
todo esto: en el otro instituto el entrenador dio un discursito al que ella no
le hizo ni caso, pero eran demasiados. Además, seguramente el entrenador estaba
con el grupo de chicos. ¿Les separarían por niveles? Tenía la vaga idea de que
sí que lo harían; en su otro instituto no lo hicieron porque se apuntaban muy
pocas personas, y los titulares entrenaban con los que no lo eran porque por lo
general tenían más o menos el mismo nivel. No había hablado con otros equipos
de otros institutos, así que no sabía cómo funcionaba en otros lugares. Pero
Teikou era distinto, se lo decían esas brutas palpitaciones de su corazón, lo
sentía nada más pisar el suelo de ese gimnasio inmenso. Teikou iba a marcarla,
para bien o para mal.
Entonces
volvió a ver a la chica de cabello rizado. De lejos, entre la multitud, ni
siquiera llamaba la atención. Era tan ordinaria como cualquier otra. Estaba
sentada en una de las gradas más bajas, hecha un palo: los brazos estirados y
los puños apretados sobre los muslos medio desnudos por la falda del uniforme.
Si la veía de cerca, posiblemente era más pálida de lo que parecía desde a esa
distancia, pero no sentía la necesidad de acercarse. Era algo raro, aunque
siempre había sido muy... cerrada, por así decirlo; tímida. No le acababa de
gustar. Pero tampoco es que como que hiciese algo para remediarlo: Simplemente
no estaba en su mano, o al menos eso pensaba, cambiar algo. En todo caso, la
pregunta era otra muy distinta, ¿Había algo que cambiar? No es que le gustara
pensar en ese tipo de cosas, entonces se limitaba a dejar arrastrarse por la
vida. El camino fácil, le llaman. Pero, según cómo lo mirabas, desde luego el
más fácil —no mejor— de todos.
En
fin… en cualquier caso, no era el momento ni el lugar para ponerse filosófica.
Escuchó
un interminable blablablá por parte
de un hombre de media edad. Tenía un micrófono en las manos, pero de todos
modos el gimnasio estaba perfectamente estructurado como para que se le
escuchase sin. Lo cual lo hacía interesante. Pero el sonido del eco tras el
micrófono era horrible y tuvo que obligarse a no prestar la más mínima atención
a las palabras de lo que, supuso, era el entrenador. Pasaron unos diez minutos
hasta que, entre interrupciones y preguntas, el hombre acabó de hablar. Mizzu
sintió una especie de liberación, la cual no iba a demostrarla en frente de
tantas personas. Además de una acción maleducada, también sería realmente
incómodo. Entornó ligeramente los ojos y levantó el cuerpo pesadamente; volvió la
vista a donde en teoría estaba la chica, y ahora estaba acompañada del mismo
chico de antes, al cual solo puto observar por el rabillo del ojo. La chica
estaba sonriendo mientras la hablaba y el chico parecía pasar bastante de todo:
de la chica, del discurso. Parecía de esas personas que únicamente tenía una
devoción, pero que se dedicaba totalmente a ella. Eso lo hacía tanto odioso
como admirable.
Sintió
un hormigueo en el pecho y se dio la vuelta de nuevo, caminando hacia la salida
del gimnasio tan rápido como sus piernas se lo permitían.
El
día siguiente fue igual o más normal que el primero. Era, oficialmente, el
primer día de clases, pero durante las dos primeras horas el tutor que les había
tocado hizo de todo, quizás para hacerlo más dinámico: Para empezar, hizo
presentarse a toda la clase y luego se presentó él. Propuso de hacer un juego
que consistía en, mientras él miraba la lista de los alumnos e iba diciendo
nombres al azar, todos los alumnos tenían que memorizar y señalar al alumno en
cuestión, el cual después tenía que volver a decir su nombre y hacer una
presentación un poco más larga —lugar de nacimiento, raíces…—. Por suerte o por
desgracia, a ella y a algunos más no les tocó presentarse. La clase era grande,
tenía espacio para muchas personas y todavía así quedaba un considerable hueco
vacío en la clase. Estaba todo bastante bien distribuido, y es que Teikou tenía
de qué presumir además de su baloncesto. En las listas su nombre estaba situado
en la columna de la clase 1-B, y no le costó mucho encontrarla. Era el primer
piso, de las primeras. Suponía que así iba a ser todo el instituto: Después del
aula de 1-D, estaría la 2-A, después la 2-B… como un instituto ordinario. Eso,
en cierto modo, era alentador y reconfortante.
En
la hora antes del recreo, Mizzu desconectó un poco. Miraba a la profesora de
lengua, asentía con la cabeza, la entendía, la escuchaba… pero no prestaba la
atención suficiente. Para su suerte, había varias personas peor que ella que
incluso se durmieron encima del pupitre y de los libros. No quería ver el
estado de los pocos apuntes que tomaron en el caso de que esas personas
soltasen saliva mientras dormían. Contuvo una sonrisa, dirigiendo la mirada de
nuevo a la profesora que, durante todo el curso escolar, les iba a enseñar más
de esa lengua que hablaba a la perfección. No era la única lengua que sabía,
pero se manejaba perfectamente con el japonés. Después de tantos años hablando
el idioma, no le veía la dificultad.
Fue
cuando empezó a centrarse en la clase que sonó el timbre del recreo. Al
contrario que con el del cambio de clase, al anunciar el recreo sonaba una
cancioncita que no reconocía. Suponía que lo cambiaban en los momentos felices
del día, la hora de recreo o cuando se acababan las clases. Se imaginó una
horrible y triste canción al inicio de éstas, pero en vez de reírse o
desanimarse simplemente se encogió de hombros. Recogió al mismo tiempo que los
demás y se levantó. Examinó la clase,
viendo que algunos cogían cosas y se iba, y otros tantos se quedaban. En su
antiguo colegio solía irse a la azotea o a dar vueltas por el patio o por
dentro del edificio, pocas veces era que se quedaba dentro del aula. Porque
quedarse en la clase significaba tener alguien con quien hacerlo, y
lamentablemente ella no tenía a nadie. Esperaba, al menos, que las cosas
cambiaran.
Suspiró,
era una gran tontería pensar en arreglar eso de ella pero simplemente quedarse
ahí mirando. Se giró hacia la puerta, pero justo el hacerlo, volvió a
tropezarse con alguien. Tuvo que aguantar el equilibrio sobre sus piernas para
no caerse, esta vez la otra persona se había metido en medio con ganas. Una
mueca de disgusto se fue dibujando poco a poco en su rostro, pensando si es que
en Teikou todos iban distraídos o con prisa o si era su condenada buena suerte.
Optaría
por la primera opción si no fuese porque la persona con la que había chocado
esta vez era exactamente la misma chica con la que lo hizo el día anterior. La
mueca pesada se fue transformando poco a poco en una de desconcierto. ¿Y esa
chica qué hacía ahí? ¿Se había metido ahora en su clase o había estado todo
este tiempo? La miró de arriba abajo, no sabía qué hacía muy bien esa chica,
pero se las apañaba para aparecer de la nada en los sitios, o quizás es que
tenía poquísima presencia. Podía haberla tenido al lado y seguiría sin haberse
percatado de su presencia. Eso no es que sentase muy bien.
—Perdón por chocar contigo ayer también—La
chica resopló, aparentemente ofendida. No entendía por qué se ofendía ella,
pero lo dejó pasar.
—No pasa nada…—Supongo.
—Perfecto—Aunque el tono que usaba era
cortante y arisco, la chica sonrió—. Soy Hannon… eh… Kirschtein, Hannon
Kirschtein. ¡Encantada!
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