SunJung nunca se había sentido así, tan pequeño e insignificante; tan
absolutamente imbécil y patético. SunJung nunca se había sentido tan así, tan
poco él; tan absolutamente poco él.
Nunca había tomado el amor como algo bueno, de hecho: nunca se había
enamorado y había sido feliz a la vez. SunJung nunca se había considerado, para
empezar, alguien feliz. Era era su triste, patética y aburrida descripción; era
él mismo quien se encargaba de convertir en dolor algo que en teoría no lo era,
dejándolo entrar en lo más hondo de su corazón, en algo que le destrozaba. En
algo que le comía, lentamente, por dentro. Mucho, mucho.
❝—¿Amor?
Tonterías❞ Nunca decía explícitamente
que le dolía, pero la sensación quedaba grabada en su tono de voz y en sus
palabras. No reconocía esa voz cuando hablaba, esa voz punzante y dolorosa no
era la suya. Igual que esas no eran sus manos, ni sus brazos, ni sus ojos ni su
nariz ni sus labios. SunJung era SunJung, no ninguna parte de él. Mucho menos
era su corazón. Ese estúpido corazón que, ahora, de repente, decidía ponerse a
batir por alguien. ¿Desde cuándo había batido esa cosa, esa mierda, ese órgano inservible
que solo le daban ganas de arrancárselo y devorarlo? Ah.
¿Y ahora,
ese mocoso, ese rayo de luz —¿por su
pelo, quizás? Ese rojo que le daba un poco de vida a toda la oscuridad que
rodeaba a SunJung—, se metía en su vida? ¿Con qué derecho? ¿Con qué estúpida
magia pretendía hacerle feliz?
SunJung no quería ser feliz. No quería tomar la mano de ese ser tan
diferente a él. De ese ser tan deslumbrante.
Ah, asqueroso.
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