martes, 23 de diciembre de 2014

I don't love you, but I always will: (2)

Título: I don't love you, but I always will.
Anime: Kuroko no Basket (kurobasu en etiquetas), por lo tanto el disclaimer es para Tadatoshi Fujimaki.
Palabras: 1.820
Well, es de suponer pero la pareja es AoToria AoZzu, Daiki, Victoria Mizzu y esas cosas.
Comentario: pos na.


Después de la presentación de la chica, ella dijo su nombre. Se presentó como Mizzu, no como Mizzulina; no sabía muy bien la razón, pero lo hizo así. Quizás porque se sentía más cómoda así. Mizzulina no le despertaba nada… Mizzu, bueno, tampoco mucho.
—Me gusta tu nombre.
Mizzu dirigió un vistazo rápido a la chica, quien le sonreía amplia y alegremente. Por un momento temió que esa sonrisa se le fuese a contagiar, y, aunque sinceramente no le importaba mucho, cambió su punto de mira a cualquier pared o cualquier pupitre. Mizzu… bueno, para ella era un nombre completamente normal. No parecía —o al menos, creía— que se lo hubieran puesto por alguna razón en especial. ¿A sus padres les gustaba el agua? ¿El mar? ¿La lluvia?  No le gustaba archivar las cosas sin haberlas acabado antes, pero dejaría ese asunto en la carpeta de cosas sin zanjar.
Volvió a mirar a la chica. Ya no estaba en frente suyo; había ido a su pupitre a coger otra caja de almuerzo. Hannon, suponía que podía llamarla así, amontonó esa caja sobre la suya y volvió a acercarse a ella.
—¿Estás sola, Mizzu?
Tomó eso como un «Yo no lo estoy», y por alguna razón se sintió algo decepcionada. Era raro. No le interesaba mucho almorzar con ella; es decir… Había tropezado con ella dos veces, y, como si valiese como una súper excusa, la acababa de conocer. Pero de todos modos, asintió con la cabeza. Hannon sonrió.
—Otro día podemos almorzar juntas, si quieres, claro. Hoy tengo a cierta persona ocupando mi tiempo—Sonrió alegremente y, despidiéndose con la mano, salió corriendo cargando con los dos bentos del almuerzo.
Uno era para ella misma, claro, pero ¿para quién era el otro? Tenía ganas de saberlo, pero preguntarlo era bastante… no, no quedaba bien. ¿Su novio? ¿Su hermano? Si le cocinaba, tenía que ser alguien importan… No, Mizzu, no tienes derecho a meter las narices en asuntos que no te llaman.
Se encogió de hombros, porque, para empezar, ella ni siquiera tenía almuerzo. Pero sí —no mucho, realmente, pero algo era algo— dinero; podía perfectamente pasarse por la cafetería del instituto. Así que salió del aula y cerró la puerta porque un chico se lo pidió. Como estaba en la primera planta por ser de primero, la cafetería solamente estaba un piso más abajo: donde quedaba la entrada y todo eso. Ya que estaba, se enteraría de los menús especiales y todo eso. Sacó el pequeño monedero de la falda del uniforme, y empezó a jugar con él mientras bajaba hasta la cafetería.
….
….
No sabía si que estuviera tan lleno el primer día era algo normal. Ni bueno ni malo se preguntaba ya; simplemente normal. ¿Acaso la comida de Teikou también era… especial? Hey, no, alto. Se había metido en un instituto con fama, no en un palacio. Si había algo que este instituto tenía mal, lo quería conocer a la de ya.
Por suerte, en la cola no había mucha gente. O al menos desde su perspectiva lo parecía. Había gente haciendo el tonto, en la entrada o en las mesas; o simplemente comiendo. Que suponía que era lo que tenían que hacer. Soltó un bufido y, después de esconderse el monedero en el lugar que le tocaba, se acercó a la cola.
Cinco minutos y no dio ni un solo paso. La fila no avanzaba, y ella empezaba a cansarse. No es que fuese la reina de la paciencia, pero… no, definitivamente no era la reina de la paciencia, pero la mayoría de veces aguantaba. Esta vez no era una de ellas y acabó por rendirse, había más gente haciendo cola detrás de ella, y las dejó pasar. Bueno, ¿Qué tan malo podía ser un día sin comer? Se encogió de hombros y abandonó la fila, volviendo a la entrada y salida del comedor y topándose contra alguien.
Se llevó la mano a la nariz, molesta, porque era justo el sitio dónde se había hecho daño. Era un chico, o al menos lo suponía, teniendo en cuenta que era más alto que ella y que contra lo que había chocado era un pecho totalmente plano. Aunque las chicas a su edad tampoco es que estuvieran tan, tan, tan avanzadas en cuanto a eso. Hasta que vio que el chico tenía una peluca de color verde.
¿Qué hacía queriendo llamar así la atención?
—¿Qué miras? —Escuchó que le preguntaban, al ver que ella se quedaba mirando directamente la cabeza verde del chico. Llevaba gafas. Le sonaba de algo pero tampoco estaba segura de querer saber de dónde o de qué—¿Eres Yamamoto?
Ella asintió a la pregunta, cruzando los brazos debajo del pecho.
—¿Nos conocemos?
—Vamos a la misma clase— Se acomodó las gafas en el puente de la nariz, con un brillo malicioso que, más que darle miedo, a Mizzu le causó gracia.  Íbamos por el buen camino, el camino llano y sin problemas de tránsito, pero al parecer a ese chico no le gustó que se riera —. Pero ni nos conocemos, ni nos vamos a conocer.
Y tan rápido como apareció, se esfumó.
Vale. Apuntaba que tenía gente rara en clase.
Suspiró, negando ligeramente con la cabeza, intentando quitar la impresión que el peliverde buscó en ella. Aunque no la calificaría como mala, no necesariamente. Había sido un encuentro interesante, para ser el primero, claro: siempre podía ser peor, pensaba. De todos modos, no iba a pensar mucho en ello, ya tendría oportunidad de verle en clase y, quizás, echarle en cara lo bien que le trató cierto día en la cafetería, lo excesivamente amigable que fue con ella y, por favor, lo bien que la hizo sentir. Resopló pesadamente, buscando con las manos un bolsillo en su chaqueta del uniforme, en el cual meterlas, y al no encontrarlo soltó un bufido, igual de pesado que el primer gesto. E igual de desesperante. No es que encontrarse con un compañero extraño y no encontrar un lugar donde guardar las manos fuera algo excesivamente malo, pero le hacía pensar que no era un buen día. Quizás es que se sentía sola, y quizás es que, lo más seguro, no le gustaba estar sola.
Subió a la azotea y en cuanto abrió la puerta tuvo la necesidad de cerrarla de nuevo. No hacía frío, pero sí viento. Y que el pelo le viniese directo a la cara, y después de apartárselo y que le volviera a pegar en los ojos, no le gustaba. Así que se lo recogió en una cola de caballo, alta, y que ya no le diese en la cara. Dio unos pasos, hasta que vio a una figura conocida dándole la espalda, comiendo algo mirando al cielo. O a la piscina de abajo. Si había una persona ahí, lo mejor sería irse de la azotea, no quería estar sola, pero tampoco se veía con el valor de acercarse alguien a hablar.
Así que pasó de largo, hasta que escuchó una voz que te hacía pensar en alguien menudo. Alguien con quien querías estar pero a la vez no.
—¡Pero si es Yam… digo, Mizzu, Mizzu! —La voz sonó alegre y notó como el viento le avisaba que la chica se acercaba a ella. Vio a Hann a su lado, le sonreía pero no le ponía la mano en el hombro ni en la espalda. Llevaba las cajas de almuerzo, pero parecían estar medio vacías ambas.
—¿No estabas con alguien? —Preguntó con verdadera curiosidad. Había pensado que había quedado de almorzar con su novio o con alguien en especial, y por un momento sintió envidia. Era de primero, llevaban aquí escasos días como para haber empezado una relación tan pronto, así que o la chica era realmente social o había venido a este mismo instituto con su pareja. O quizás era un sempai, y ella había ingresado en Teikou porque le conocía de antes. Según como lo miraras, era bastante interesante.
Pero un novio no te dejaba sola almorzando, así que igual Hann le había mentido. O eso fue lo que pensó al verla suspirar pesadamente, parándose y moviendo los hombros nerviosa, inquieta, aunque la expresión en su rostro mostraba una infantil decepción.
—Ya… ese idiota se ha ido. Es odioso y no sé en qué pensaba ingresando con él en este colegio—Masculló, o, mejor dicho, aclaró un poco las ideas de Mizzu. Siguió el cuerpo de Hann cayéndose adrede al suelo, recostándose en los alambres de la azotea y con la cabeza gacha, se dejaba escuchar. Ella se mantenía delante, mirándola sin girarse—. Siempre hace lo mismo: Viene, come un poco, y se va. Y me deja sola. Y sabe que me afecta cuand… —Chasqueó la lengua, y aunque a veces no captaba del todo el ambiente, supuso que no quería decir lo que le afectaba. O no quería aceptarlo —. Nada. No pasa nada.
Y volvió a sonreírle, haciendo un ademán con la diestra, ayudándose de su última frase. La invitó a sentarse y pasar lo que quedaba del recreo juntas.
—Mizzu, ¿Has llegado a Teikou sola? —Preguntó Hann, siendo ella ahora la curiosa.
Y Mizzu se limitó a asentir con la cabeza, sin la necesidad de devolverle la pregunta, pues la adivinó hace un rato: Violeta había venido, al menos, con su novio. Eso le hacía sentirse algo vacía, casi ofendida.
—Entonces deberíamos sentarnos juntas, yo tampoco tengo ninguna amiga aquí y estar con la única persona con la que tengo relación me molesta bastante, porque los hombres no son nada considerados—Murmuró, alargando las últimas dos palabras, quizás intentando ponerle énfasis o quizás solo porque de verdad le molestaba el tema, pero quería suavizarlo con una expresión infantil. No conocía a esa chica, pero lo que proponía no le parecía mala idea. Vale, sí, se había golpeado con ella dos veces en tan poco tiempo, pero mejor ella que personas antipáticas, ¿no?
Se le iba dibujando una sonrisa en el rostro poco a poco, quizás era porque se sentía realmente feliz, o porque la sonrisa de Hann se le contagiaba. No quería adivinarlo, de todos modos.
—Antes he conocido a un peliverde que va a nuestra clase, ¿Le has visto? —Cambió de tema, sin la necesidad de asentir con la cabeza a la proposición de la chica. No sabía si eso le molestaría, pero realmente le iban más las acciones que las palabras—. Es raro, muy raro. Es un antipático y antsocial.
—Ah…. Midorima Shintaro. Está en el top 5 de “Nuevos con el pelo más raro” —Comentó seriamente, aunque parecía que quería soltar una carcajada larga y ruidosa por su propio comentario. Y bueno, si ella no podía, Mizzu sí que la soltó.

Y esta vez fue ella quién se la contagió a Hann, que después de un “pffffff” y de taparse la boca, empezó a reírse como si le fuera el alma a ello. 

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